Desperté hace veinte minutos, no es porque yo quisiera, mi celular sonó. La melodía era la clásica, no indica algún llamado especial. Miré la pantalla, Mamá llamando… Pongo mi mejor voz de despierto y sobrio. Apreto aceptar y digo aló?
No es mi mamá, es mi sobrina, pienso ella no está aun en edad de distinguir si su tío habla raro porque tiene mucho sueño o se fue de copas la noche anterior. Conversamos, creo que estoy modulando menos de lo normal, no me entiende, creo haber repetido tres o cuatro veces la misma pregunta, ¿Dónde estás? Sé la respuesta, pero no se que más preguntarle, me cuenta de las sopaipillas que planean hacer y me invita a comer. Me excuso con un ¡Pucha, estoy en la playa!
10.47 am indica el reloj de mi celular, ya no puedo ir a tomar desayuno, 17 minutos atras se acabó el servicio.
Salgo de la pieza, veo las casi dos botellas de ron que nos tomamos anoche, entiendo el porque me duele la cabeza, recuerdo que dije ayer, tengo edad suficiente para no caer en estos juegos del “toma dos dedos no más”. Niños, no lo hagan en su casa. Grandes tampoco.
Desde la terraza, veo y escucho como las olas rompen en la orilla, como el agua dulce y cochina del Aconcagua se junta con el agua salada y cochina del mar. Las dunas lentamente avanzan hacia los cerros, como arrancando del mar, comiéndose un bosquecito de eucaliptos.
Como aún debo tener algunos grados de alcohol en la sangre, escucho el soundtrack de Once, otra vez me acuerdo de ti, pero antes de acostarme dije que te mandaría a la chucha y más allá.
Lee… no quiero quererte más, me cagaste una vez, quizás dos, no quiero una tercera. Desde ahora, te dejo de querer.
He dicho.
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