Al cruzar la línea imaginaria ahora en sentido contrario me di cuenta que mentí, el paisaje cambia radicalmente, atrás queda la vegatación que aparece en tierras bolivianas, parece que esa línea que no veo, pero sé que existe hace algo, al otro lado, del chileno, no crece nada. Nada, pero esa nada da lugar a un maravilloso desierto, miles de colores, volcanes con fumarolas, cielos limpios.
El camino atraviesa salares, disparo tantas veces puedo mi cámara fotográfica, vicuñas y flamencos posan, parece no importarles quedar inmortalizados. Cada vez la ciudad está más cerca, miles de casas aparecen en el horizonte, he llegado a Calama.
Sentado en el aeropuerto, marco numeros en mi celular, un par de llamadas, minutos después arriba de un taxi iba a mi destino, el reencuentro es inevitable. La puerta se abre, ahi están, en el mismo lugar que nos despedimos hace ya casi tres años. Nos abrazamos, reimos y nos volvemos a abrazar. Todo es como antes.
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